Es una de las ideologías más exitosas de nuestros tiempos. Tras años de masacre en Gaza y con dos guerras abiertas contra Irán y Líbano, la impunidad israelí es la prueba de que este proyecto político ha llegado para quedarse, evolucionando hacia posturas cada vez más radicales

“Israel sigue expandiéndose y expandiéndose, y el mundo aplaude”. Estas fueron las palabras del ministro de Exteriores israelí, Abba Eban, del Partido Laborista, en plena guerra de los Seis Días, en 1967. Seis décadas después, el primer ministro Benjamín Netanyahu ha enumerado con orgullo todos los territorios vecinos que, como consecuencia de la guerra de Israel en Oriente Próximo, ha pasado a controlar. Hoy ondea una bandera israelí en la mitad de la Franja de Gaza, el sur de Líbano hasta el río Litani y los Altos del Golán sirios hasta la cumbre del monte Hermón. La historia se repite y la victoria es del sionismo más radical.
Nada de lo que ocurre en la actualidad es fruto de los brutales atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023 ni de los ataques de Hezbolá desde Líbano. Tampoco de que Irán estuviese cerca o no de conseguir la bomba nuclear. A lo largo de la historia del sionismo, los distintos dirigentes o ideólogos han ido dando forma a todos los aspectos de la maquinaria política israelí que opera hoy en día: la retórica de enemistad o amenaza existencial lleva repitiéndose desde los años veinte del siglo pasado. La voluntad de expandirse territorialmente por el norte hasta el río Litani —por mucho que ahora Netanyahu la enmarque en términos de “zonas de seguridad”— aparece ya en un ensayo de David Ben-Gurión, fundador del Estado de Israel, de 1918. La diferencia es que lo que en esas primeras décadas del siglo XX eran sólo ideas radicales en un cuaderno ha pasado a ser la política dominante en el Estado hebreo.
El sionismo ha ido consiguiendo poco a poco sus objetivos, ganándose la complicidad —o, en el mejor caso, la inacción— de la sociedad occidental. Una ideología se ha convertido en una de las más exitosas del siglo XXI: incuestionable e imparable. Lejos de provocar una ruptura, la destrucción de Gaza, la invasión a Líbano, los bombardeos en Siria y Yemen o la guerra abierta con Irán han afianzado en el poder a las figuras más mesiánicas y conservadoras del sionismo. A su vez, han acercado al conjunto de la sociedad israelí a posturas más violentas, como se ve reflejado en el abrumador apoyo a cuestiones como la expulsión de los gazatíes (de un 82%) o los ataques contra Irán (93%). El resultado de las elecciones de 2026 no cambiará este paradigma: el camino que toda la cúpula política israelí está tomando, esté con o contra Netanyahu, es el de mantener los leitmotivs del pasado y llevarlos a su máxima expresión.
Mirando a los orígenes
El sionismo es una ideología y un movimiento político que defiende la creación de un Estado para el pueblo judío en la Palestina histórica. A diferencia de otros grandes movimientos políticos que sacudieron el siglo XX como el panarabismo o incluso el nazismo, el sionismo no sólo ha evitado una muerte súbita o un paulatino estancamiento, sino que ha pasado de nacer como una minoritaria y casi utópica propuesta de nacionalidad a convertirse en el motor político de una nación que se siente impune ante el derecho internacional.
Su primera gran victoria llegó en 1948, cuando el objetivo principal del movimiento se hizo realidad a ojos internacionales con la creación, unos meses después de la propuesta de la ONU para la partición de la Palestina histórica, del Estado de Israel. Pero para cuando esto se materializó, las tesis sionistas ya llevaban medio siglo de recorrido y las ideas que hoy en día siguen configurando la agenda política ya estaban más que perfiladas.

El sionismo surgió a finales del siglo XIX en suelo europeo, fruto de un contexto marcado tanto por la violenta persecución a la que estaban sometidos los judíos y las décadas de antisemitismo que arrastraba Europa, como por el auge de los nacionalismos. Entre la represión de minorías y la ebullición nacionalista, el político austrohúngaro Theodor Herzl, considerado el fundador de la ideología, llegó a la conclusión de que la asimilación de la población judía en los países europeos no era un escenario realista y que para liberarse de la persecución y protegerse debían contar con su propio Estado-nación. En un primer momento el foco no estaba puesto en territorio palestino, sino que se barajaron localizaciones en Uganda o Argentina. No obstante, para cuando se celebró el Primer Congreso Sionista en la ciudad suiza de Basilea, en 1897, el proyecto ya estaba irremediablemente unido a la colonización de una Palestina que todavía estaba en manos otomanas.
La postura de Herzl, muy marginal en ese momento de concepción y durante sus primeras décadas, era rechazada por el grueso de la población judía a lo largo de todo el espectro político. Para los más religiosos se trataba de un proyecto herético pues, de acuerdo con la tradición y religión judía, había que aguardar a la llegada del Mesías para poder regresar a la Tierra Prometida y entonces fundar una teocracia. Para una gran parte del pueblo judío, la asimilación seguía siendo la opción más deseada. Por su parte, para muchos laicos o socialistas la idea de Herzl de un Estado propio era más un sueño irrealizable que un proyecto realista a poner en marcha. La niñez del sionismo no daba pistas de lo que vendría después. Minoritaria y cuestionada, la idea de contar con un país propio no parecía tener la fuerza motora necesaria para convertirse en un movimiento político hegemónico.
Aun así, lejos de quedarse en un planteamiento teórico, ese primer sionismo sí que empezó a impulsar la migración judía a Palestina y la creación de asentamientos agrícolas como primeros pasos en el plan de colonización y construcción estatal. En 1903 habían llegado ya unos 25.000 inmigrantes judíos a la región procedentes de Europa del este, asentados en comunidades agrícolas en diversos puntos de la Palestina otomana —muchos en torno a Jaffa, territorio fértil en cuanto a cultivo de naranjas, y a lo que luego será Tel Aviv—. Entre 1904 y 1914 se produciría una segunda ola migratoria, de aproximadamente unas 40.000 personas. En cosa de dos décadas, la población judía en Palestina había pasado a representar el 6% del grueso demográfico. Para facilitar y controlar la llegada y asentamiento de esos colonos judíos a Palestina, en 1901 se creó el Fondo Nacional Judío, un organismo encargado de comprar las tierras en las cuales establecer a los inmigrantes, así como de facilitar el desahucio de los palestinos que vivían en ellas.
La tierra palestina: un derecho bíblico
Para el sionismo fundacional, la reinterpretación religiosa de la historia judía fue el motor que les permitió unir el renacimiento nacional con la Palestina histórica. De acuerdo con las Sagradas Escrituras, los judíos fueron expulsados de la tierra de Israel, a la que tienen derecho a volver tanto por sus lazos históricos como porque se les fue prometida por Dios. Gracias a esto, se apeló a la narrativa bíblica para justificar la idea del derecho a la territorialidad, a pesar de que, sobre el papel, el sionismo socialista aspiraba a construir un Estado laico. Además, como los límites geográficos bíblicos de esa tierra prometida no están claramente definidos, la reclamación territorial podía amoldarse tanto a las necesidades prácticas —acceso a ríos o tierras fértiles— como a las demandas más expansionistas. Aquí termina por definirse el mapa irredentista del Gran Israel, concebido en esas primeras décadas y que figuras como Benjamín Netanyahu o el actual ministro de Finanzas Bezalel Smotrich han normalizado hoy en día.

En esta línea, en 1949 se implantó una política de renombrar todos los lugares dentro de las recién creadas fronteras de Israel, eliminando el nombre árabe ya existente y adoptando denominaciones o bien bíblicas o bien similares fonéticamente para el hebreo. Según cuenta el historiador Nur Masalha en su obra La Biblia y el sionismo, el proyecto comenzó oficialmente después de que David Ben-Gurión , el entonces primer ministro y padre fundador tanto de Israel como del sionismo socialista, visitase el desierto del Naqab en julio de 1949 y no encontrase ningún lugar designado en hebrero. De esta forma, uno de los primeros espacios rebautizados fue ese mismo desierto, bajo el nombre de Neguev. Lo mismo ocurre con el territorio de Cisjordania, conocido en Israel (sobre todo desde la derecha) como Judea y Samaria, en referencia al territorio bíblico.
Más allá de los nombres y las fronteras, la construcción bíblica del nacionalismo israelí permeó también en otras capas de su política y su proyección identitaria. Un ejemplo es la ley del retorno, promulgada en 1950, una de las principales bases jurídicas del país. Esta concibe que cualquier judío del mundo y sus familiares en distintos grados puedan inmigrar a Israel y obtener la ciudadanía. Al plantear la migración en términos de regreso, el proceso deja de ser un acto político del presente para convertirse en una continuación de la historia. En la otra cara de la moneda: cualquier tipo de migración que no encaje en esa conceptualización —como ocurrió con migrantes y solicitantes de asilo sudaneses y eritreos en el periodo 2006-2013— es rechazada.
Otro ejemplo de hasta qué punto el uso bíblico por parte del sionismo ha condicionado la sociedad es el impacto que tiene en la identidad de la población israelí. De acuerdo con una encuesta elaborada por All Israel News en 2023, el 64,2% de los judíos israelíes creen que son el pueblo elegido tal y como se describe en la Biblia. Es un porcentaje que se ha mantenido estable a lo largo de los años —otro estudio realizado a finales de los años noventa hablaba de un 68%—, y que aumenta entre la población más conservadora y de derechas, donde el porcentaje ascendía al 79% en 2018.
Los pilares políticos del proyecto
Pese a esto, el sionismo no es un movimiento completamente unificado y homogéneo. Tan pronto como empezó la migración a Palestina, surgieron distintas formas de entender y abordar el proceso colonial, conformando tres grandes ramas políticas dentro del movimiento: la socialista, la religiosa y la revisionista.
Si bien actualmente son una minoría representada por la casi inexistente izquierda israelí, desde principios del siglo XX hasta bien entrados los años setenta el movimiento estuvo dominado por el sionismo socialista. Esta corriente, inspirada en las ideas socialistas que provenían de Europa del este, se centró en desarrollar la agricultura y la industria para poder lograr cierta independencia económica. Un ejemplo de cómo este planteamiento se llevó a la práctica son los kibutz, asentamientos o comunidades rurales que surgen con la segunda oleada migratoria.
La principal figura del sionismo socialista fue el propio Ben-Gurión, que en 1948 había encabezado la creación del Estado israelí. El político, nacido en Polonia y llegado a Palestina en 1906, originalmente planteó la opción de asimilar a la población palestina y convertirla al judaísmo. Pero, como apunta el historiador israelí Ilán Pappé en su obra La limpieza étnica de Palestina (Crítica, 2009), a la altura de los años treinta y ante la creciente resistencia palestina a la ocupación de tierras por parte de los inmigrantes judíos, su planes ya iban de la mano de la expulsión y limpieza étnica.
La propuesta de Ben-Gurión para construir el futuro Estado de Israel se basaba en cinco pilares: inmigración a una mayor escala, colonización, soberanía, concentración de tierras y homogeneización demográfica. Así, a la par que seguía en activo el proceso de compra de tierras por parte del Fondo Nacional Judío, se empezó a elaborar un meticuloso informe sobre cada aldea palestina con información geográfica, demográfica y urbanística. Una herramienta de control poblacional que precede a los actuales sistemas de vigilancia en Gaza y Cisjordania. El objetivo era recopilar todos los datos posibles para fomentar la estrategia de desplazamiento y judaización del territorio, que culminaría en la Nakba: la expulsión de en torno a 750.000 palestinos de sus hogares en 1948.
El sionismo socialista liderado por Ben-Gurión, tanto durante sus primeros años como una vez creado el Estado, asienta algunas de las ideas clave del sionismo que vemos en la actualidad. Por un lado, las referencias geográficas a lo que debería ser la tierra de Israel. El líder sionista entremezcló cartografía y religión para definir lo que debían ser sus fronteras. Así, el espacio natural de Israel (idea que recuerda al Lebensraum que Friedrich Ratzel había definido a finales del siglo XIX) abarcaba gran parte del territorio que se encuentra a ambos lados del río Jordán: hasta el río Litani y el monte Hebrón por el norte; el desierto sirio por el este; y el Sinaí y el desierto saudí por el sur. Si bien hay interpretaciones del Gran Israel que abarcan incluso más territorio, las invasiones y ocupaciones de los últimos años (incluso la ocupación del Sinaí tras la guerra de 1967) han tomado como referencia esos mismos enclaves que Ben-Gurión concibió como fronteras.
Por otro lado, los sionistas socialistas fueron dando forma a una amalgama ideológica que contraponía la identidad judía con la palestina y la relación de ambos con la tierra. Mientras que la judeidad pasaba a estar ligada a la nacionalidad y al propio territorio en base a la lectura histórica de las Sagradas Escrituras, la identidad palestina se entrelazaba con el nomadismo, lo extranjero y lo bárbaro. Ben-Gurión y la élite política del sionismo pusieron en marcha un amplio abanico de herramientas propagandísticas con las que enfatizar esas identidades contrapuestas: desde sellos y postales que hablaban de regreso del pueblo judío a su hogar hasta el mito de que sionismo logró hacer florecer el desierto, pasando por la propia política para renombrar el territorio.


En esas mismas décadas se empieza a gestar la imagen de Israel como representante, portavoz y tutor de todo el pueblo judío, a pesar de que para cuando se aprueba el plan de partición de Naciones Unidas en 1947 los judíos sólo representaban el 40% de la población total de la Palestina histórica, y que en la actualidad más de la mitad de los judíos del mundo viven fuera del país.

Asimismo, se va asentando la percepción de unidad del pueblo judío en contraposición a una fragmentación palestina. Por un lado se trata de una fragmentación geográfica, que se materializa con el plan de partición de Naciones Unidas y la primera guerra árabe-israelí: se separa Gaza de Cisjordania y se da un estatus diferenciado a Jerusalén. Esta división entre palestinos se ha ido reforzando con el tiempo, tanto con los Acuerdos de Oslo de 1993 —que segmentaron Cisjordania en tres áreas— como más recientemente por los numerosos puestos de control y muros que controla Israel.
Por otro lado y como señala la académica Itxaso Domínguez en su obra Palestina: ocupación, colonización, segregación (Catarata, 2022), la evolución de esta fragmentación ha conducido a una segregación identitaria en la actualidad. Primero, entre los palestinos de Cisjordania y los de Gaza, asociados sin excepción a Hamás desde el discurso israelí. Segundo, respecto a los palestinos que residen dentro de las fronteras de Israel, que han sido despojados de su identidad como palestinos o nativos, encajándolos en la categoría de minoría árabe israelí.
Militarismo y hostilidad: el hombre que inspiró a Netanyahu
Aunque el sionismo socialista es el que dominó la construcción nacional de Israel hasta 1970, las raíces de la conservadora y militarista deriva actual de la política israelí no están en Ben-Gurión, sino en Zeev Jabotinsky: el fundador del llamado sionismo revisionista, la rama secular y conservadora del movimiento.
Jabotinsky se inspiró en el fascismo que nacía en Europa para elaborar su proyecto político, basado en la idea de colonizar toda la Palestina histórica y de prepararse para enfrentar una inevitable resistencia árabe. En 1923 publicó El muro de hierro, texto en el que deja clara su perspectiva:
“No hay compensación suficiente que podamos ofrecer a los árabes palestinos a cambio de quedarnos con Palestina. Por lo tanto, no existe la posibilidad de llegar a un acuerdo voluntario: la colonización sionista debe detenerse o continuar sin tener en cuenta a la población nativa. Lo que significa que sólo podemos avanzar y desarrollarnos detrás de un muro de hierro que los nativos no puedan atravesar”.
Jabotinsky anticipaba que el enfrentamiento con los árabes era inevitable y, por tanto, los judíos debían armarse y crear un aparato militar para defender al futuro Estado de Israel. Durante las décadas de hegemonía socialista, la revisionista fue una corriente minoritaria, pero eso no evitó que logrará adeptos como el propio Benjamín Netanyahu.
Primero, porque es precisamente de las organizaciones paramilitares de autodefensa judía creadas por Jabotinsky a principios del siglo XX en los kibutz de las que vienen el Likud —el partido de Netanyahu— y las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF). La Haganá, el grupo paramilitar creado en 1920 para defender los asentamientos, fue por ejemplo clave para llevar a cabo los ataques a aldeas palestinas durante la Nakba. La milicia se disolvió como tal con la creación de Israel y se considera una de las predecesoras del actual ejército israelí. Por su parte, del Irgún, una escisión extremista de la Haganá y considerado grupo terrorista por Estados Unidos y la ONU desde el atentado contra el hotel Rey David en 1946, salen algunas de las figuras más prominentes del Likud. De hecho, cuando el revisionismo se hizo por primera vez con el poder en 1977 de la mano del Likud, el primer ministro Menájem Beguín había sido tiempo atrás el sucesor de Jabotinsky como líder de este grupo.
En segundo lugar, porque ese militarismo necesario del que hablaba Jabotinsky se ha convertido hoy en una realidad aplastante. Aunque ya no se utilicen los términos de colonización que sí reconocía Jabotinsky, la idea de una amenaza árabe constante e inevitable sigue siendo la principal excusa del poder israelí para justificar su aparato militar y su guerra perpetua.
Por último, porque Jabotinsky no sólo habló en términos de colonización armada, sino también de la construcción social desigual del Estado de Israel. El líder revisionista hizo hincapié en la necesidad de convertir a los judíos en mayoría demográfica para configurar un gobierno propio. Una vez eso se hubiese conseguido, “el futuro de la minoría árabe dependería de la buena voluntad de los judíos”.
Llevado a la actualidad, la premonición se ha cumplido. Los palestinos que residen en Israel, considerados minoría árabe, son una especie de ciudadanos de segunda clase sometidos a discriminación jurídica. La organización Adalah recopila con regularidad una lista de normas y leyes en las que se plasma esa discriminación, entre las que se incluyen normas como la exención fiscal del 35% sobre las donaciones a instituciones que promueven el asentamiento de colonos. En esa misma línea encajarían leyes que van más allá y se sitúan contrarias a los derechos humanos como la recientemente aprobada pena de muerte contra los palestinos condenados por “actos de terrorismo”. Y también la negativa de figuras de la oposición, como los políticos de derecha Naftali Bennett y Yair Lapid —que se presentan en conjunto a las próximas elecciones—, de acceder a que partidos árabes puedan llegar al Gobierno en caso de coalición.
El giro mesiánico de Israel
El hecho de que figuras de la oposición como Bennett o Lapid, ajenas a ese Likud heredero del revisionismo, compartan la visión de los políticos más conservadores como Netanyahu en las cuestiones relativas a los palestinos, la guerra o la expansión territorial da pistas de esa creciente radicalización social. El giro general hacia posturas más extremas y mesiánicas comenzó con la victoria en la guerra de 1967, cuando la sensación de victoria favoreció el surgimiento de un nacionalismo más agresivo avivado por las conquistas territoriales en todos los partidos sionistas mayoritarios. Ya en ese momento figuras como el filósofo israelí Yeshayahu Leibowitz anticiparon el futuro que le esperaba al sionismo si seguía por ese camino: “Pasaremos de un nacionalismo orgulloso a un ultranacionalismo extremo y mesiánico”.
Este giro se institucionalizó en 1977 con la victoria del Likud en las elecciones, asentando el éxito de la corriente revisionista y del sionismo más radical. La victoria llegó en un momento de oposición social, tras la guerra del Yom Kipur de 1973, que fue un golpe para la percepción israelí de supremacía militar sobre sus vecinos —como también lo fueron los atentados del 7 de octubre—. Y es que lejos de considerar este ataque o este “fracaso” del Estado una consecuencia del proyecto colonizador, se catalogó como un fallo personal de la laborista Golda Meir por no haber previsto el ataque y del sionismo socialista por no abogar por esa militarización.

Ese episodio de protesta interna, que llevó a la dimisión de Meir en 1974, fue el primer ejemplo de la capacidad del sionismo para regenerarse y avanzar hacia posturas más extremas en situaciones de crisis. Se trata de un patrón que se ha repetido posteriormente, desde Ehud Barak con la segunda intifada en el año 2000, hasta Benjamín Netanyahu en la actualidad tras el ataque del siete de octubre de 2023.
De esta manera, aunque los mantras que se repiten hoy siguen siendo los mismos que se crearon en la primera mitad del siglo XX, con el tiempo han adoptado un cariz más violento o deshumanizador. Por ejemplo, en 1956 el entonces comandante de las IDF (y posterior ministro de Defensa) Moshe Dayan señaló en el funeral de un joven israelí que no se puede culpar a los gazatíes por odiar a Israel dadas las condiciones a las que Israel los tiene sometidos. Para el militar, el camino era “estar listos y armados, pues si la espada [se] cae de nuestra mano, nuestras vidas se verán amenazadas”. Es una retórica muy similar a la que sostenía Jabotinsky, donde se comprende de dónde viene la violencia del palestino y en consecuencia se actúa con brutalidad.
Dando un salto a la actualidad, el rabino israelí Eliyahu Mali, que encabeza la escuela religiosa Shirat Moshe en Jaffa, proclamó en 2024: “Si no los matas primero, ellos te matarán a ti. Los terroristas de hoy y sus hijos. En realidad, son las mujeres las que crean a estos terroristas. […] No hay personas inocentes [en Gaza]”. Esa misma idea presente en Jabotinsky y en Moshe Dayan sigue activa, pero la comprensión sobre el origen y causa de esa resistencia palestina ha desaparecido: la retórica ahora es la de la barbarización y la deshumanización, con figuras como el ministro de Defensa Yoav Gallant refiriéndose a los palestinos como “animales”.
Expansión e impunidad: un sionismo imparable
En definitiva, la idea de enemistad existencial, la superioridad mesiánica y la voluntad expansionista del sionismo se han llevado a su máxima expresión. En paralelo a estos avances en las tesis más radicales, Israel ha ido tejiendo y reforzando su alianza con las potencias occidentales: desde su principal socio Estados Unidos a países europeos como Alemania, Francia o Reino Unido. Se trata de una red de apoyos a la que en 2020 se unieron Marruecos y Emiratos Árabes Unidos, y que ha garantizado la impunidad de Israel en sus acciones más violentas tanto en la actualidad como a lo largo de las décadas anteriores.
De ahí que Estados Unidos lleve desde los años setenta utilizando su poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para bloquear acciones contra Israel —una herramienta que la gran potencia ha empleado un total de 51 veces con ese propósito—. O que Alemania —que desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha estado apoyando a Israel militar, industrial y económicamente— haya hecho de la seguridad de Israel una cuestión de Estado, bloqueando cualquier intento europeo de crítica o sanción. El último ejemplo de esta política es su oposición a la suspensión del acuerdo de asociación entre la Unión Europea e Israel.
Este apoyo va más allá de sus grandes aliados, como quedó claro con la oposición de Hungría a cumplir con la orden de arresto contra Netanyahu y su exministro de Defensa Yoav Gallant de la Corte Penal Internacional. Y se ha ido construyendo también a través de la economía: Israel es una referencia a nivel de industria militar y energética, ambas perfeccionadas mediante el control, vigilancia y ocupación de territorios palestinos y sirios a las que sus socios comerciales hacen oídos sordos.
El resultado es un sionismo que no encuentra freno real —ni ha encontrado en sus décadas de existencia—, ni a nivel de oposición interna ni en cuanto a cortapisas internacionales.
Y, con esta carta de impunidad en la manga, el sionismo no muestra signos de querer suavizarse. Mientras que en 1982, cientos de miles de israelíes se manifestaron contra la masacre de la población palestina en campos de refugiados al oeste de Beirut, en la actualidad en torno al 72% de los judíos israelíes considera que los objetivos militares en Gaza son una justificación suficiente para los más de 75.000 muertos palestinos que ha provocado la ofensiva de las IDF. La izquierda israelí es prácticamente inexistente y la oposición al Likud va desde abrazar abiertamente la política de asentamientos ilegales en Cisjordania —como ocurre con Naftali Bennett— a impulsar la doctrina Dahiya, basada en aplicar el máximo daño posible contra la infraestructura y población civil —como es el caso de Gadi Eisenkot—.
Queda mirar hacia el sector religioso. Por un lado, los ultraortodoxos que viven en comunidades cerradas con cada vez más peso demográfico, que promueven posturas antidemocráticas y buscan regirse por la ley judía. Y por el otro, los ultranacionalistas religiosos como Bezalel Smotrich y su partido Sionista Religioso que, además de haber celebrado la aprobación de la pena de muerte contra los palestinos, defienden la colonización de Cisjordania y promueven posturas supremacistas y racistas contra la población palestina.
Todo el espectro político israelí se ha derechizado y esto apunta al triunfo de las posturas más radicales del sionismo. Lejos de estar cerca de su final, el sionismo ha logrado hacer realidad los sueños de Herzl, Ben-Gurión y sobre todo de Jabotinsky: convertir a Israel en una fortaleza militar con cada vez más territorio palestino bajo control.
Fuente: https://elordenmundial.com/exito-sionismo-historia-colonialismo-impunidad-radicalizacion/
