Los mapas están de vuelta. Desde el Imperio español hasta Napoleón o Hitler, el uso de la cartografía para justificar reclamaciones y conquistas tiene siglos de historia, pero con el fin de la Guerra Fría y el triunfo del orden liberal los mapas se alejaron del campo de batalla. Las guerras, al fin y al cabo, suelen empezar y acabar con un mapa, mientras que la paz y la prosperidad acostumbran a pasar por alto las fronteras. Aunque las disputas no desaparecieron, el mapamundi se estandarizó y la globalización dio paso a cierto consenso cartográfico.
Ahora, ese mundo estable, seguro y multilateral ha dejado de existir. El regreso de la fuerza y la competición entre potencias están haciendo del entorno internacional un lugar más peligroso y violento de límites difusos. Y en ese contexto, los mapas han recuperado su protagonismo geopolítico como herramientas para cuestionar fronteras, redefinir contornos y reactivar viejas rencillas o sueños imperiales.
El expansionismo de Rusia y su autoproclamada anexión de Crimea y el este de Ucrania, atravesado por un frente de guerra estancado; el avance de la colonización israelí en Cisjordania; la creciente asertividad de China en el mar de la China Meridional y sus recurrentes encontronazos fronterizos con India; el intervencionismo de Donald Trump y su obsesión con Groenlandia o el golfo de México —rebautizado por su Administración como “golfo de América”—. Todos ellos son ejemplos de ambiciones territoriales que instrumentalizan los mapas para proyectar sus reclamaciones como correcciones legítimas, herencias históricas o prolongaciones naturales de su territorio.
LAS RECLAMACIONES TERRITORIALES DEL MUNDO
https://alvaromm14.github.io/globo-reclamaciones/El Orden Mundial | Fuente: Natural Earth
Algunos países han oficializado incluso sus reclamaciones al utilizar fronteras alternativas a las reconocidas por la ONU en sus propios mapas. Y es que, por mucho que demos por sentado el reparto del mundo —la cartografía sirve precisamente para eso, para orientarnos, ofrecer certeza y reforzar la identidad y el sentimiento de pertenencia—, en muchas partes del globo no está tan claro dónde acaba y dónde empieza un país. Tampoco una herramienta tan cotidiana, globalizada y aparentemente neutral como Google Maps, que muestra versiones distintas a un ruso y un ucraniano, o a un indio y un pakistaní.
Durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, los mapas no solo se utilizaban para ilustrar el mundo, sino también como una forma de propaganda para cuestionarlo y reimaginarlo. Los mapamundis genéricos de la era digital han enterrado esa diversidad de perspectivas y anclado sus propios sesgos en el imaginario colectivo, como muestra la ubicuidad de la estilizada pero distorsionada proyección Mercator. Sin embargo, la reactivación de la lucha por el territorio y la fragmentación internacional están dando alas a visiones alternativas, con los mapas nacionales como punta de lanza. Desde la línea de los nueve puntos china hasta Cachemira o el Sáhara Occidental, estos son los protagonistas de ese renacimiento del nacionalismo cartográfico.
China y la línea de los nueve puntos
El estreno de la película de Barbie (2023) causó un gran revuelo en el sudeste asiático. En Vietnam ni siquiera llegó a las salas de cine. El filme de Warner mostraba un mapa de la región que incluía la conocida como línea de los nueve puntos, una reclamación marítima china sobre más del 80% del mar de la China Meridional. Además de incluir las disputadas islas Spratly y Paracelso, el reclamo pisa las aguas de Filipinas, Vietnam, Malasia, Indonesia y Brunéi.
La línea apareció por primera vez en los mapas oficiales chinos en 1947 con once puntos, aunque en 1952 Pekín los redujo a nueve tras negociar con Vietnam la exclusión del golfo de Tonkín. Sin embargo, en 2013 añadió un nuevo punto para rodear la isla de Formosa, cuyo Gobierno independiente —Taiwán— no reconoce. China basa su reclamación en el dominio marítimo de la dinastía Qing, pero en 2016 la Corte Permanente de Arbitraje, con sede en La Haya, concluyó que el país no había ostentado el control exclusivo de la zona en el pasado y que sus ambiciones territoriales carecían de fundamento legal.

Frente a ello, China acude a los mapas para reafirmar su soberanía y proyectar su poder: su Ministerio de Recursos Naturales lleva desde 2006 elaborando un mapa oficial en el que retuerce las fronteras a su antojo para contrarrestar otros “mapas problemáticos”. Tanto es así que su última actualización de 2023 despertó la indignación de Filipinas, India, Malasia, Vietnam y Taiwán, que ven cómo China —convertida ya en la tercera potencia militar del mundo— se ampara en su mapa oficial para militarizar e incluso construir islas artificiales en sus reclamaciones. Aunque no es el único país de la región que sigue esa estrategia: Vietnam también ha expandido y fortificado varios islotes que controla de las islas Spratly, si bien es cierto que sus mapas no son tan ambiciosos como los de China.

Además de la disputa en el mar de la China Meridional, el nacionalismo cartográfico de Pekín también incluye la provincia de Arunachal Pradesh, en el norte de India, que considera parte del Tíbet; el Aksai Chin, un enorme desierto de sal en Cachemira que también ambiciona Nueva Delhi; y las islas Senkaku, deshabitadas y administradas por Japón.
Incluso Rusia, con la que fijó definitivamente sus 4.300 kilómetros de frontera común en 2004 tras décadas de disputas, pierde territorio en su nuevo mapa oficial. La isla Bolshoi Ussuriysky (Heixiazi para China), de apenas 300 metros cuadrados de extensión y ubicada en la confluencia de los ríos Amur y Ussuri, en el extremo noreste de China, está dividida entre ambos países, pero en 2023 Pekín decidió atribuirse plenamente su soberanía.
India, Cachemira y una triple frontera a tres mil metros de altura
Las montañas, al igual que los ríos, se han utilizado históricamente como fronteras naturales. Los Andes, los Pirineos o los Alpes son ejemplo de ello. En algunas ocasiones, sin embargo, esa delimitación se atraganta y en lugar de puntos de encuentro las cordilleras emergen como barreras insalvables. Es el caso de Cachemira, la corona occidental del Himalaya, un triángulo fronterizo cuya indefinición provoca choques recurrentes entre tres potencias nucleares, India, Pakistán y China.

El conflicto tiene su origen en las independencias de las colonias británicas en el subcontinente indio, en 1947. En ese momento, Cachemira era un principado de mayoría musulmana gobernado por un marajá hindú, y su indecisión para elegir bando acabó dando pie a la primera guerra indo-pakistaní (1947-1949). Desde entonces, India ha librado otras tres guerras con Pakistán —en 1965, 1971 y 1999— y otra con China en 1962, a lo que se suma un largo historial de escaramuzas fronterizas y atentados terroristas.

En la actualidad, Cachemira se divide en tres regiones: la parte controlada por Pakistán, que se compone de las provincias de Gilgit-Baltistán y Azad Cachemira y que India considera ocupada por Islamabad; la Cachemira india, formada por los estados de Jammu y Cachemira y Ladakh y el glaciar de Siachen, que Pakistán considera a su vez ocupados por Nueva Delhi; y en último lugar el área administrada por China, consistente en el Aksai Chin y el valle de Shaksgam —cuya soberanía le fue transferida por Pakistán en 1963—, reclamados también por India.
El complicado puzle de Cachemira se traduce en tres mapas oficiales y tres relatos nacionalistas incompatibles entre sí, y convierte la zona en una de las más militarizadas y sensibles del mundo. El nacionalismo del actual primer ministro indio, Narendra Modi, que en 2019 revocó el estatus de semiautonomía de Jammu y Cachemira y en 2024 anunció su intención de absorber los estados permanentemente, ha tensado aún más el frágil equilibrio de la región.
Marruecos y el Sáhara Occidental, la última colonia de África
En el cabo Espartel de Tánger, allí donde el mar Mediterráneo se encuentra con el océano Atlántico, hay un cartel metálico, una especie de atracción turística, con un mapa de Marruecos. Los visitantes que acuden a este punto del extremo norte del país, un destino en claro auge, se fotografían junto a ella en una bonita postal con el mar de fondo. Pocos reparan en que el mapa se prolonga artificialmente hacia el sur hasta engullir el Sáhara Occidental y que su recuerdo es en realidad el del sueño irredentista marroquí.

Ocupado por España entre 1884 y 1976, el Sáhara Occidental es el último territorio pendiente de descolonización de África. Antes de retirarse, Madrid trató de organizar un referéndum de autodeterminación para los saharauis, cuyas tierras eran reclamadas por Marruecos desde la propia independencia del país en 1956.
Sin embargo, en 1975, el sultán Hasán II aprovechó la debilidad del régimen franquista —a punto de enterrar a su dictador— para ocupar su antigua colonia mediante una invasión civil de más de 200.000 personas conocida como la Marcha Verde. A ojos de Rabat, la propiedad marroquí del Sáhara Occidental era incuestionable por su baya con las tribus locales, un pacto de lealtad islámico que no entendía ni de referéndums ni autonomías.
Para evitar una guerra que no estaba en condiciones de librar, España se hizo a un lado y transfirió el Sáhara Occidental a Marruecos y Mauritania apenas seis días después. Fue entonces cuando estalló un conflicto armado entre sus nuevos dueños y el movimiento nacionalista saharaui —el Frente Polisario— que se prolongaría hasta 1991, aunque Mauritania fue derrotada por las fuerzas liberadoras y su aliada Argelia en 1979.
Para la ONU, el Sáhara Occidental sigue pendiente de descolonización y considera a España la potencia responsable, pero Marruecos ha afianzado en este tiempo su ocupación y los últimos movimientos diplomáticos parecen acercar el respaldo internacional a su anexión completa. En los últimos meses, Rabat ha desarrollado el plan de autonomía para el Sáhara Occidental que presentó en 2007, tal y como le instó el Consejo de Seguridad de la ONU. En él propone convertir la región en una entidad autónoma bajo soberanía de Marruecos, cuyo jefe de Gobierno sería nombrado directamente por el rey Mohammed VI.
Medios marroquíes filtraron parte de su contenido días después de una reunión celebrada el 8 y 9 de febrero en la Embajada estadounidense en Madrid entre España, Marruecos, el Frente Polisario, Argelia, Mauritania, Estados Unidos y la ONU. Las negociaciones han permanecido bajo secreto y aún no han finalizado, pero el objetivo es acordar el nuevo mapa de Marruecos a través de un referéndum celebrado en todo el país, no solo en el territorio ocupado. Geografía electoral para legitimar que, desde 1975, Rabat ya absorbiera el Sáhara Occidental en sus límites oficiales.
El regreso del expansionismo ruso
Al país más grande del mundo también se le quedan pequeñas sus fronteras. Vladimir Putin, de hecho, no puede evitar ver un reguero de humillaciones para su país cuando echa la vista hacia atrás. Ya dijo que “la caída de la Unión Soviética es la mayor catástrofe geopolítica del siglo”, un error histórico que le dio demasiado poder a Occidente.
La invasión de Ucrania es la respuesta a esa visión. Putin quiere restaurar la memoria imperial de Rusia y ese regreso empieza en los mapas: aunque el frente de guerra en Ucrania permanece estancado desde prácticamente 2023, sus cartografías oficiales incluyen el este del país y la península de Crimea dentro de las fronteras rusas. Sin embargo, Kiev ha recuperado al menos 334 kilómetros cuadrados durante los tres primeros meses de 2026 y este mes de marzo las bajas rusas alcanzaron su nivel más alto desde el inicio de la guerra, 35.000, según el presidente ucraniano Volodímir Zelenski.
En los dos últimos siglos, si tenemos en cuenta los límites de la Unión Soviética, Rusia ha perdido 3,4 millones de kilómetros cuadrados más de los que ganó, una cifra equivalente al tamaño de la India. Tras la derrota de Napoleón, el Imperio ruso expandió sus fronteras por Europa oriental, el Cáucaso y Asia, hasta que con la Primera Guerra Mundial la revolución bolchevique tumbó el gobierno de los zares para dar paso a la Unión Soviética. Su disolución en 1991 segó la proyección territorial rusa y llenó de complejos a sus mandatarios.
Por eso, Putin no tardó en presentar la “operación especial” en Ucrania como una campaña de restauración legítima de su territorio, aunque al principio hablase de “desmilitarizar y desnazificar” el país. En esa línea, el presidente ruso ha afirmado en repetidas ocasiones que Ucrania es un “Estado artificial” y que rusos y ucranianos constituyen “un único pueblo” para justificar su agresión.
En consecuencia, sus mapas integraron la península de Crimea tras su anexión en 2014 y los oblasts de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia en 2022, a pesar de que ninguna de las provincias estaba ni está bajo control total ruso. La cartografía sirve para respaldar ocupaciones y negar la historia incluso con las trincheras en llamas.
Venezuela y el Esequibo dos siglos después
De los fosfatos del Sáhara Occidental a la salida al mar Negro de Ucrania o la importancia de Cachemira para la Nueva Ruta de la Seda china. La lucha por el territorio tampoco podría entenderse sin los recursos naturales o la geografía. El nacionalismo es el motor de la inmensa mayoría de las reclamaciones del mundo, sí, pero en muchas ocasiones es el descubrimiento de jugosas reservas de oro o hidrocarburos o el cálculo geopolítico el que despierta viejas ambiciones expansionistas.
Es el caso de Venezuela y el Esequibo. La disputa hunde sus raíces en el reparto colonial de Sudamérica y la ausencia de control sobre esta franja cubierta de selva amazónica que abarca dos tercios de lo que hoy es Guyana. El Esequibo pasó a formar parte de la Capitanía General de Venezuela del Imperio español en 1777, pero los ingleses también lo incluyeron dentro de las fronteras de la Guyana Británica.

La Venezuela independiente trató de recuperar el territorio, sobre todo tras el hallazgo de reservas de oro en la zona. Sin embargo, el Laudo Arbitral de París de 1899 concedió su soberanía a la Guyana Británica, aunque posteriormente se demostró que Londres había influido en el fallo del juez y en 1966 Venezuela firmó con Reino Unido el Acuerdo de Ginebra. Este reconoció el reclamo de Caracas y estableció la creación de una comisión para resolver la controversia que nunca llegó a materializarse.
Tras décadas dormido —el Esequibo carece aún a día de hoy de control estatal y está prácticamente desconectado del resto de Guyana—, el conflicto se reavivó en 2015 tras el descubrimiento de petróleo en su lecho marino. Caracas intensificó entonces la presión diplomática y Guyana elevó la disputa a la Corte Internacional de Justicia en 2018. A la espera del fallo, Venezuela ya ha anunciado que no lo reconocerá, ha celebrado elecciones a gobernador y legisladores esequibanos en 2025 y lleva incluyendo el Esequibo en sus mapas oficiales desde la ruptura de las negociaciones con Guyana en 1970.
Israel, Palestina y la guerra de los mapas
Israel no existiría de no ser por los mapas. En el momento de su creación, en 1948, apenas se había mapeado el 20% del Mandato británico de Palestina, un vacío que los israelíes aprovecharon para ampliar sus reclamaciones y arrinconar a los palestinos. Posteriormente, los mapas ayudaron a levantar su Estado-nación: la cartografía permitió asignar derechos territoriales, construir la infraestructura estatal y crear un sentido de pertenencia y nacionalidad. Sin fronteras dibujadas en un plano, es difícil dar forma a un imaginario colectivo.

Una vez establecido su Estado, Israel rediseñó los mapas regionales para sustituir los nombres árabes por términos hebreos. Después, utilizó sus cartografías oficiales para respaldar la colonización de los territorios palestinos: empezó eliminando la Línea Verde —la frontera de facto fijada por el armisticio árabe-israelí de 1949— en 1967 y acabó incorporando los Altos del Golán y Cisjordania.
Aunque la comunidad internacional no reconoce la soberanía israelí sobre estos enclaves, el Ejército hebreo ocupó ambos territorios durante la Guerra de los Seis Días en 1967 y ha permanecido en ellos desde entonces. En el caso de los Altos del Golán, una meseta en la esquina suroeste de Siria, Israel los integró en su sistema administrativo en 1981, mientras que Cisjordania —a la que denomina Judea y Samaria— fue colonizada y fragmentada progresivamente hasta que los Acuerdos de Oslo le otorgaron en 1993 el control pleno del 61% de su territorio. En 1980, además, se anexionó Jerusalén Este para declarar su capital “completa y unida”.

Los propios Acuerdos de Oslo, suscritos entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina con mediación estadounidense, también utilizaron los mapas para establecer un marco para el autogobierno de Palestina —incluida la administración de la Franja de Gaza— a cambio de garantías de seguridad para Tel Aviv. El objetivo era que las autoridades palestinas recuperaran el control de todo Cisjordania, algo que nunca ha ocurrido. Al revés: Israel comenzó a levantar un “muro de seguridad” en 2002 para blindar los asentamientos israelíes y aislar a las poblaciones palestinas, y tras el comienzo de la guerra y el genocidio Gaza ha intensificado la colonización del enclave.
En septiembre de 2023, apenas unas semanas antes de los atentados de Hamás y el inicio de los bombardeos en Gaza, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, mostró un mapa de Oriente Próximo en la Asamblea General de la ONU que borraba las fronteras del Estado palestino. Dos años después, con Gaza reducida a escombros, Jared Kushner —yerno de Donald Trump y miembro de su Junta de Paz— enseñó en el Foro de Davos el pasado mes de enero otro mapa con su “plan maestro” para la Franja. La idea es reconstruirla desde cero y llenarla de rascacielos, centros de datos, balnearios y parques, lo que en la práctica supone una limpieza étnica de palestinos. Las guerras, al fin y al cabo, suelen empezar y acabar con un mapa.
Fuente: https://elordenmundial.com/fronteras-disputa-el-mapas-arma-geopolitica/
